Santo Domingo concentra buena parte de su actividad económica, institucional, comercial y cultural en un espacio relativamente reducido. Esa concentración tiene ventajas evidentes, pero también una consecuencia cada vez más difícil de ignorar: moverse dentro de la ciudad consume una cantidad desproporcionada de tiempo.
No es un problema menor ni exclusivamente relacionado con el tránsito. El tiempo de desplazamiento condiciona decisiones cotidianas, productividad, consumo, descanso y acceso a servicios.
Una ciudad puede crecer, atraer inversión y ampliar su oferta de restaurantes, oficinas, viviendas, comercios y entretenimiento. Pero si acceder a esas oportunidades requiere trayectos largos e impredecibles, parte de ese crecimiento pierde valor en la experiencia diaria.
En Santo Domingo, distancias relativamente cortas pueden convertirse en recorridos difíciles de calcular. La cercanía física no siempre significa accesibilidad.
Ese desfase debería formar parte de cualquier discusión seria sobre calidad de vida urbana.
El costo que no siempre se mide
El tiempo perdido en desplazamientos tiene efectos económicos concretos.
Afecta la puntualidad, reduce horas disponibles para trabajar o descansar, encarece la logística y modifica hábitos de consumo. También influye en decisiones de vivienda, ubicación empresarial y elección de servicios.
Para una empresa, una entrega impredecible representa un costo. Para una persona, también lo representa una hora adicional de traslado.
Sin embargo, ese costo rara vez aparece de forma explícita en las conversaciones sobre desarrollo urbano.
Se habla de inversión, construcción, turismo, crecimiento inmobiliario y nuevas infraestructuras. Mucho menos de cuánto tiempo necesita una persona para beneficiarse de todo eso.
La ciudad funcional
Las ciudades más eficientes no necesariamente son las que ofrecen más, sino las que permiten acceder a lo que ofrecen con menor fricción.
Un sistema de transporte confiable, aceras utilizables, cruces seguros, buena señalización, servicios próximos y trayectos previsibles pueden parecer elementos básicos. En conjunto, tienen un impacto directo sobre la calidad de vida.
La funcionalidad urbana suele construirse precisamente a partir de esas pequeñas eficiencias.
No siempre requiere grandes proyectos. También depende de gestión, mantenimiento y coordinación.
Otra forma de medir el progreso
El desarrollo urbano suele medirse en inversión, metros cuadrados construidos, nuevas vías y actividad económica.
Son indicadores importantes, pero incompletos.
También debería importar cuánto tiempo necesita una persona para llegar al trabajo, hacer una diligencia, asistir a una consulta médica o encontrarse con alguien.
Una ciudad que mejora no solo ofrece más oportunidades.
También hace más sencillo acceder a ellas.
Y, en ese sentido, devolver tiempo a sus habitantes puede ser una de las formas más concretas de mejorar su calidad de vida.